Por Luis Fatás. Fotografías  de Jesús Rocandio
Revista El Péndulo.
Número 21. 2001

L – Yo tengo una imagen muy mística, tuya. O mejor una imagen tuya muy mística. Yo creo que hace falta tener una fé enorme para hacer la vida que llevas porque, supongo que te gustará y te compensará enormemente lo que haces.

T – Pero… y ¿qué vida piensas que llevo? Ja, ja, ja…

L – Pues, una vida muy valiente, para empezar. Yo me doy el lujo de poder dedicarme a lo que quiero, en cierto grado, pero no me gano la vida con eso. Tú tienes que apoquinar.

T – Me lo apoquino.

L – Eso es un punto, no me digas que no. Y además, vivir en Madrid, que para mí es una ciudad, no por ser Madrid sino porque es una gran ciudad, que no soporto. Yo busco un entorno lo más pacífico y lo más amigable posible, sea del que sea. Esto también te lo tienes que comer en Madrid. ¿O no?

T – Sí

L – Y por otro parte, alguna compensación te dará, si no ¿Cómo lo ibas a estar haciendo?

T – Sí. Alguna compensación y muchos disgustos, claro.

L – Pues de eso quiero que me hables. Cuáles son las compensaciones y, hablando ya más entre músicos, ¿por qué?

T – Realmente, las compensaciones son sólo los conciertos buenos que hay. Que no son todos, para nada, ni son muchos, y son esos en los que dices: estábamos todos tocando a gusto. Había un piano bueno, bien afinado… tú sabes.

L – Sí, que, de entrada, parece que van a ir las cosas bien.

T – Eso. Que hay un piano de cola de verdad, bien afinado, que dices: Coño, cómo puede ser tan difícil esto. En la mayor parte de los conciertos te dicen: Ah, pero ¿traerás piano eléctrico? Y contestas: Hombre, si quieres que tengamos música de verdad pon un piano de verdad. No es que haga falta un piano de verdad siempre, pero, para este tipo de música, sí.

L – Que es lo suyo.

T – …y te lo andan regateando no, lo del piano de cola. Parece que no lo acaban de entender.

L – Pero, ¿de qué tipo de circuitos, de qué tipo de salas estás hablando?

T – Lo mismo hay festivales de jazz, que no abundan, y que, además, no puedes acceder a todos…

L – Pero ahí normalmente sí que te pondrán un piano de cola.

T – Sí, pero tampoco puedes acceder a todos porque en los festivales de jazz de más renombre, como es normal, traen a músicos norteamericanos, muy potentes, o a los cuatro que han despuntado en España. Que han despuntado por derecho propio. Estoy hablando de Chano, de Javier Colina, de Jorge Pardo, de Tete Montoliu, de… Y entonces, claro, tampoco hay mucho circuito. Hay festivalitosr de más pequeño formato, hay centros culturales donde a veces te lo ponen, o en las cajas de ahorros, que tienen locales con piano de cola, o pequeños teatros, que no son El Gran Teatro, sino más pequeñitos. Realmente no hay mucho en España. Y luego cuatro clubs de jazz con piano de cola, tampoco hay más. Y, bueno, la compensación es esa: que has estado trabajándote una canción un mes en casa y dices: ¡Ay, ha salido bonita! Yo creo que la compensación es sólo esa comunicación que a veces se produce, no siempre, entre los músicos y el público. Primero entre nosotros y luego con él.

L – Ya es difícil que se produzca entre los músicos, pero, si se conecta con el público, la magia es total.

T – Desde luego, si has conectado entre los músicos, vas a conectar con el público. Es imposible que no ocurra.

L – No suele ocurrir, pero hay situaciones especiales, en las que hay otros elementos ajenos a aquello, como pueden ser mitines políticos o reuniones de grandes masas, donde da igual lo que hagas porque la gente va a adorar y entonces adora lo que sea. Es enormemente frustrante.

T – Sí, es verdad, ahí la energía está concentrada en otra cosa.

L – Tú eres una gran observadora de lo que llamas energía. ¿A qué llamas energía? ¿Hay una fuerza específica que dirige o ayuda de alguna manera a hacer lo que tú quieres hacer?

T – Claro. Hay algo que te coge un poco, ¿no?, que no eres tú. Ahí sí sientes una energía que está pasando a través de ti y de la que tú eres como el canalizador. Es verdad que se siente cuando estás haciendo música con todos tus sentidos.

L – Sí. Eres como un medium.

T – Esto es, y tú mismo te sientes sorprendido de lo que sale. Antes de subirte al escenario, normalmente estás diciendo, yo por lo menos: ¿Quién me ha mandado meterme en este oficio? Porque hay cantidad de veces que dices: ¡Jo! No tengo cuerpo hoy de hacer música, me duele el estómago, es muy tarde, hace frío, no hemos ensayado suficiente… ¿Quién me mandaría meterme aquí? Y luego no sabes qué pasa que a la segunda canción, de repente hay algo que te está atravesando… ¡Claro, supongo que es lo que todos vamos buscando: esa sensación, que es lo que merece la pena. Que ves que a veces haces que fluya de ti una música que ni tú esperabas, que te sorprende a veces, no siempre, y que te está alimentando y alimentando a la vez al público, y que tú eres uno más con el público. Algo que está transmitiendo, y que está, sin más, abriéndose a que eso se produzca. A mí es lo que siempre me ha llamado la atención del escenario: Ese bienestar que se produce. Hace poco, viendo un libro muy interesante, que hablaba de los niveles energéticos, las auras y todo eso, que ya están hasta fotografiadas…

L – ¿Qué son las auras?

T – La irradiación exterior de tu energía. Y decía el libro que hay un tipo de fotografía que capta el aura. Y estuve viendo unas fotos. Y en todas esas fotos que vi, muy bonitas, se veía el aura de un hombre con cáncer y cómo su aura manifestaba dónde estaba el cáncer.

L – Como si fueran fotografías del espíritu…

T – De alguna manera sí. Se veían fotografías de un profesor enseñando, de un hombre pintando, de un niño leyendo, de, sin más, distintas auras. Y en un momento te enseñaban la fotografía de un cantante, cantando, y un público, y entonces, el aura del cantante se había abierto y formaba todo un aura con el público. Una fotografía impresionante. Y entonces yo entendí y dije: “¡Claro! Esto es lo que nos hace sentirnos a todos tan bien cuando se está produciendo la música.” Que a veces no se produce. A veces estás en un concierto y dices: “¡Jo! Me quiero ir de aquí, porque el sonido está mal, por lo que sea.” Pero claro, cuando se produce esto que todos buscamos, el público y nosotros, también el público y por eso va ahí a pagar, porque todos buscamos esa sensación, que no es la del cantante: es el aura común de todos, del público entre ellos. No es que el cantante esté propiciando nada, es que entre todos….

L – …se produce una amplificación, una mezcla…

T – ¡Ahí! ¡Entre todos estamos creando! En realidad se está mezclando la música a través de un medium, que en ese momento somos los músicos… pero lo que todos estamos buscando es que el aura de todos… ¡se haga una! Es lo que nos hace sentirnos bien, no sólo a los músicos, no: al público. Y entonces dices: No es que la comunión la hagan los músicos, es que la hacemos entre todos. Este bienestar, claro, lo tenemos todos por igual.

L – Es una forma muy gráfica de decirlo. Yo no lo hubiese expresado así. Hay un elemento en la técnica musical que es la afinación. Que se puede medir, se mide, pero va más allá de lo medible, digamos que es como una dimensión. Porque dentro de la afinación, de los valores que nuestro oído percibe, hay una cantidad infinita de frecuencias. La afinación es fundamental para que un instrumento suene bien. Y lo mismo para un grupo de instrumentos, que para que suenen bien tienen que estar afinados cada uno y entre sí. Nunca se tiene una afinación perfecta…

T – Los hindúes yo creo que sí. ¡Afinan que te cagas! Ja, ja, ja

L – Pero es imposible buscar la afinación perfecta. En una ocasión Gualberto (conocido músico sevillano) y yo estuvimos durante quince días afinando un sitar, retocándolo cada día, lo dejamos estar, porque eso era infinito, pero conseguimos que, pulsando una solo nota, el sitar sólo, estuviera cantando durante un minuto.

T – ¡Uau! Resonando él solo. Sí, el sitar es así.

L – Y podíamos hacer seguido, pero dijimos: Bueno, nos estamos pasando de rosca. Y lo dejamos estar. Y, si el cosmos tiene su propio sonido, como los científicos admiten perfectamente (hace poco se han medido las frecuencias de pulsación de una estrella cercana, sus notas musicales de vibración)… ¿No crees que también debe de haber una afinación del cosmos?

T – Es que la hay: la escala armónica. Últimamente, desde que me he interesado en el canto armónico, tengo un amigo, Tomás Clements, que canta con armónicos, de ahí mis ganas de ir a la India a desarrollar esto un poco más porque me he quedado flipada, y una de las cosas que me ha enseñado es que hay una escala que es universal, que no es el do re mi fa sol la si do que hacemos nosotros. Entonces, cuando descubres que todo el universo está con la misma escala a mí eso me parece magia, ¿no? Tú ya explicaste en el número anterior de esta revista lo que son el acorde y la escala natural y la escala temperada.

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L – Es que me parece un tema tan importante para un músico… Pero no por ser una cuestión musical, sino porque es una cuestión cósmica.

T – Sí, va más allá de la Música. Es la capacidad vibratoria de todo en según qué frecuencias. Lo mismo nosotros, que los objetos, que los animales, que las plantas.

L – En las primitivas sociedades humanas de cazadores, la relación del hombre con el mundo sonoro era muy diferente a la que conocemos hoy. A medida que el hombre va construyendo símbolos, se va alejando del mundo natural para introducirse más en el mundo intelectual. ¿En qué estadío nos encontramos, en esta cultura tan consumista que nos toca vivir?

T – Tan pobre, es esto. A mí me dan náuseas. Primero, guardar la Música, como se está haciendo ahora en occidente, para los intereses discográficos, la mercadotecnia, como un artículo de consumo, cuando la Música es algo tan vital como el comer. Lo que tú dices de la relación del hombre con el sonido. Somos sonido ¿no?, somos seres vibratorios. Entonces es que eso ya es deplorable. Como el que sólo tengan acceso a la Música los que se denominan pseudoartistas. Que a la sociedad se le esté negando. Estuve con un musicólogo que había pasado muchos años en muchos pueblos de África y nos estuvo poniendo cantos tribales en los que era impensable el canto de una voz sin entender el canto del conjunto. Entonces, cada voz estaba pensada en función del conjunto de lo que hacía el resto del pueblo al cantar. Cada canto era…

L – Como pieza suelta de un rompecabezas

T – Exactamente. Y tenía miles de cantos para las bodas, los funerales, la recogida del maíz, la crecida del río. Era puro canto coral, pero ¡qué elaboración, por dios! y además ¡qué natural! Cada uno cantaba su parte según su personalidad, su capacidad, respetándose la individualidad de cada uno dentro del conjunto, haciendo armonía entre todos desde la individualidad. A mí eso me parece la comunión, lo que yo voy buscando con la Música ¿no? Ser tú con todos. Y eso es lo que es la Música. Y eso se nos ha negado ¿no?

L – Hoy día, en nuestros lares, la gente desconoce profundamente lo que es eso. La gente practica la Música escuchando, pero también bailando.

T – Y menos mal, si se puede bailar.

L – Y se puede bailar sólo, en pareja o en grupo. Pero es el baile en grupo el que es ritual en las comunidades humanas en el momento que te sales de las ciudades. Incluso en muchas ciudades también lo es ¿no? Pensemos en los carnavales o los sanfermines. Yo pienso que esa función es enormemente importante…

T – Es liberadora.

L – …puesto que a nada que estudies las costumbres de cualquiera de las que nosotros llamamos sociedades primitivas…

T – ¡En cualquier sociedad ha habido música!

L – … la Música tiene una función continua…

T – Siempre. Está antes que el habla, incluso

L – …es elemento generador y coordinador de la sociedad. Eso, hoy día, aquí, no es así. Hay música pero vista…

T – …desde un punto de vista comercial, la mayoría de veces.

L – Y la industria es tan poderosa que, ¿qué puedes hacer tú?

T – A mí me repatea, y además, vivo eso como una lucha diaria. Dices: yo no quiero esto, yo quiero hacer música de otra manera.

L – Es muy difícil grabar un disco con esos parámetros. Y, al mismo tiempo, hoy necesitas ser famoso para poder trabajar. Pero no se puede ser famoso si no se tiene… ¿Qué?

T – Primero dinero… ja, ja, ja ¡O un productor que lo tenga!

L – O un novio. O muchos novios.

T – Sobre todo, ser interesante para un proyecto que va a dar dinero. Entonces, de entrada, la industria discográfica tampoco está apostando por nadie que no esté clarísimo. Yo, el otro día, estaba viendo ese programa que ven tanto mis alumnos, Operación Triunfo. De vez en cuando veo algunos porque mis alumnos me dicen ¿Oye, has visto? ¿Cómo te parece que canta éste? Entonces, me quedé alucinada cuando sale un señor, que no sé quién es pero debe ser muy famoso, que está haciendo los arreglos de una canción, y de los términos en que se expresaba. Se ve que habían hecho una canción, los chavales. Y entonces él llegaba y decía, con estas palabras: La canción está bien, pero yo ahora la voy a arreglar y voy a hacer de ella un producto comercial, el número uno de estas navidades. Es un señor que debe tener mucha pericia en esto y que no duda. Dice: le hago pie, pom, pón, y así lo hizo. Y todos aplaudiendo. ¡Qué asco! Sólo de oírlo me dio asco. Ya ni lo critico porque es lo que hay. Me dio asco ¿Eh? Dices: En esto se está convirtiendo mi oficio. Y me dio asco, sin más.

L – A mí me ha llegado a dar tanto asco que hasta he variado mi oferta. Ahora tengo no oficio sino oficios. Yo no tuve las pelotas de seguir por ese camino. He elegido otras alternativas, pero yo me rendí en ese frente. También era otros tiempos, en los que tenías que ir como de buhonero por el mundo.

T – Nuestro común amigo y colega Rupert (Roberto Gil Valgañón) me decía el otro día: “Nosotros, en realidad, fuimos unos pringanillos que no tuvimos ni escuelas de música moderna, ni de quién aprender. Teníamos que ponernos un disco”. Es verdad. En la España franquicia no había de quién aprender. La manera era meterse en un local y tocar y tocar, que es lo que hicimos. Así aprendimos.

L – Yo descubrí un agujero y me tiré de cabeza.

T – Es que no había otra. No había encantes ni industria discográfica, que por lo menos ahora la hay, para bien para mal, pero entonces no la había. Ni había escuelas para aprender. Ni se podían comprar buenos discos cuando éramos jóvenes y empezamos con la Música. Pero teníamos una cosa: la ilusión de tocar cada día. Y eso nos forjó como músicos.

L – Y que, en esa época, la juventud pasó a un primer plano que normalmente no tiene, reivindicó sus cosas y aportó enormes logros a la cultura, de los que todavía estamos disfrutando hoy. Llámense los Beatles o el Rock y montones de cosas.

T – Eso decía Rupert: “¡En realidad, los jóvenes de ahora se están aprovechando de toda la lucha que hicimos!”. bueno, da igual que se aprovechen o no. A ellos les ha tocado más fácil.

L – Está muy bien. También se hizo para eso, ¿no?

T – Pero es verdad que nosotros lo tuvimos muy difícil y que, entonces, cuando estás ahí, de joven, las veinticuatro, no las ocho horas, metido en la Música, nosotros no tuvimos entonces la oportunidad de sacar eso hacia adelante, cuando ahora, pues hay cantidad de chavalillos que se juntan tres tardes, graban una maqueta, y les ayudan a sacar el producto adelante, aunque luego les dure un verano, los utilicen un verano, y los larguen. ¿Sabes? Pero por lo menos, le dejan un verano, les ayudan. Aunque no digo que sea mejor.

L – En realidad, lo que harían falta serían cambios profundos, que nadie de los que pueden hacerlos está dispuesto a emprender.

T – No. Además, que me da un poco igual. Yo sigo en mi camino, como me ha tocado vivirlo y que cada uno se busque la vida por donde pueda. Pero Rupert llevaba razón cuando decía. “Somos pioneros de una lucha en la que no se podía recoger nada. Sólo lo que a nosotros nos forjó como músicos.” No se podía esperar ni trabajo ni discos, porque, es verdad, entonces no había. Por toda España era igual.

L – Pero yo creo que, en las circunstancias que estamos ahora, los cambios son sólo aparentes. En el momento que profundizas un poco, los cambios no son tales, en la mayoría de las ocasiones. Y a veces, a peor.

T – Sí, pero ahora hay cosas buenas, de las que yo disfruto. Lo que pasa es que dices: “¡Joder, si esto lo hubiera podido tener hace veinte años…!”. Pero ahora, ¿qué hay de bueno? Pues que, al lado de mi casa puedo oír a unos músicos que te mueres, africanos, de lo que llamamos países del Este, músicos hindúes, todo eso está ahora a la mano. Estoy ahora con un cantaor flamenco que me está enseñando todos los palos, que el año pasado recibí clases de tabla hindú, con un cubano, con un africano, a mí eso es lo que reconforta. En mis últimas formaciones, cada uno era de un país, cada uno se había formado en un sitio. Uno con el bebop, otro con el candombé uruguayo, otro con la música hindú, con el jazz de Chicago. A mí eso me encanta. Es enriquecedor, es una maravilla que tenemos ahora, que dices: “¡Coño! Hay músicos de cualquier lugar del mundo en cualquier lugar del mundo”. Y, te juntas, y aprendes el uno del otro. Eso es lo bonito de ahora.

L – Naturalmente, yo soy un enamorado de eso que se llama fusión, o etnomúsica o como se quiera llamar. Es maravilloso el entendimiento tan rápido y tan directo que hay entre unas personas que, hasta muy poco emito antes, no sabían ni de su existencia. E incluso ese entendimiento puede ser sobre la marcha, cuando los músicos son avezados cada uno en su oficio. Eso es algo que sólo sucede con la Música.

T – En un seminario en Zarautz, este verano, decía Javier Colina: “Es que, señores, el inglés no es el lenguaje universal. El lenguaje universal es la Música.”

L – Efectivamente. Puedes comunicarte incluso con los animales. Yo lo he hecho.

T – ¡Igual que yo! Mira, con las vacas. A las vacas les cantas armónicos y… ¡Mira! llegas a un campo de vacas y te pones “UUUUUAAAAAEEEEEOOOOOEEEEE…”, vas calentando ¿no? Y se paran. Empiezan a mirarte… Yo disfruto haciéndolo. Se van acercando de una en una. Y dices: “Eso es lo que le pasaba a San Francisco de Asís: ¡que sabía cantar con armónicos!” ja, ja, ja…

L – ¡Ja, ja, ja…! Osea, que les hacías arrumacos a los animales…

T – ¡Oye, las vacas responden, yo me he estado horas! No he probado con otros animales. Bueno, otros animales ¡se te acercan y se quedan a tu lado!

L – Yo lo he hecho muchas veces con la flauta, en el bosque, con los pajaritos. Pero tú no necesitas una flauta, tienes la voz.

T – A los perros, me encanta cantarles.

L – Yo creo que la voz es el instrumento que más satisfacción tiene que producir. Eres tú mismo, por dentro. Lo otro es una ortopedia, de alguna manera.

T – La verdad es que sí. Toda la resonancia interna. La verdad es que es una gozada.

L – Por qué no me cuentas un poco qué es esa sensación, esa gratificación, cómo te influye, ¿Se puede explicar de alguna manera?

T – Es que el sonido, dentro de ti, te hace vibrar en tu esqueleto, tus órganos. Eso, primero lo sientes. Luego, el poder curativo de la voz es sabido desde hace tiempo. Los antiguos taoístas incluso curaban cosas con sonidos, lo que ellos llamaban los cinco sonidos curativos. Decían: “Con este sonido curas tu hígado, con éste, el corazón, con éste…”. Y recomendaban hacer cada sonido curativo durante cinco minutos al día. Que es un poco lo que hace ahora la radiofónica, que estimula tu cuerpo con la radiación, y según cómo responde tu cuerpo sabes qué órgano tuyo está bien, resonando en armonía, o no, está enfermo. Claro, a través de la voz, ésa es una ventaja que tenemos los cantantes, que te pones a cantar y, de alguna manera, los chakras cada uno se pone en su sitio.

L – Los chakras, qué serían, ¿como los centros vitales?

T – Energéticos, centros de energía. De alguna manera sí sientes que hay ahí como una puesta de todo en su sitio. Cuando cantas, en realidad estás cantando desde el chakra raíz, desde los músculos de tu perineo, todo lo que cierra tu tronco, estás jugando con tu energía desde ahí, desde la pelvis. Y, bueno, en realidad, al cantar, está todo tu cuerpo participando, de la misma manera que los taoístas dicen que, cuando coges aire, el arco del pie debería hacerse menos arco, hablamos de un cuerpo desbloqueado, perfectamente relajado, que ¡A ver quién lo tiene! ¿no? No digo que yo no lo tenga. Digo que el canto te va llevando cada vez a estar un poquito más relajado, más liberado dentro de tu cuerpo. Por eso los taoístas hablaban de esto. Cuando inspiras, de alguna manera es hasta la planta del pie la que baja. Pues, un poco, eso sí lo vas sintiendo al cantar. Primero estás trabajando desde tu pelvis, pero luego, a medida que van pasando los años y que vas conquistando territorio vas logrando que todo tu cuerpo vibre con el canto. Épocas que notas que te está bajando por la cadera, épocas en que te baja la vibración hasta las rodillas… Eres tú el que vas abriendo lugares de resonancia en tu cuerpo. Lo mismo que antiguamente se trabajaba sólo en la máscara: Había que cantar desde la máscara, abriendo los resonadores que tenemos en la cara, que no son más que cavidades donde hay aire. Como cavidades que son, son lugares de resonancia, que todos los niños tienen abiertos y que, los mayores, por tensiones y tal, vamos cerrando. Con el canto desde la máscara se trataba de volver a abrir todos nuestros lugares de resonancia. Pero luego te das cuenta que no es la máscara , el cráneo. Es que es todo tu cuerpo. Toda tu caja torácica, tu esqueleto, y eso es un bienestar físico. Estás mandando una vibración, que cada órgano recoge, digo yo, cómo funcionará esto, yo no soy científica. Digo que si el hígado vibra, vibrará con las notas que van para el hígado, o el corazón, porque cada órgano vibra a una frecuencia.

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L – Bueno, tú sabes que funciona.

T – Eso, yo lo noto en mi cuerpo. Para mí es como una terapia, Luis.

L – Pues… ¿quién va a saberlo mejor que tú? Tienes el mejor material de experimentación, que es tu propio cuerpo.

T – ¡Eso es lo mejor de cantar! Por eso me jode cuando, por ejemplo, escucho en este programa de cantantes, Operación Triunfo, dices: “¡Coño, como que el canto fuera eso!”. Me fastidia enormemente cuando veo que el canto está todo enfocado a que hay que triunfar para ser cantante, a que hay que ser famoso, cuando ¡ojalá todos fuéramos cantantes!, ¡ojalá el canto tuviera el lugar que tiene como algo que a todos nos hace sentirnos un poco mejor! ¡Punto! Lo mismo que puedes decir: “¡Joder! cantar… ¡es que es sano!” Te pone contigo mismo. El encontrar cada uno su voz es que es como una conexión. Lo sientes a nivel anímico y dices: “Es que es mi alma la que canta”, cuando vas ganando tu voz.

L – Gallo que no canta, algo tiene en la garganta.

T – Ahí. Es como una conexión con tu alma.

L – Y el que canta, sus males espanta.

T – Exacto. Yo siempre voy cantando por la calle, y todo el mundo me dice: “¡Ay, qué contenta estás!” o ¡qué triste, y lo espanto así! Porque para mí, es mi mayor manera de luchar contra los problemas. Yo al principio iba buscando cantar mejor. Cuando empecé a trabajar la voz un poco más en serio me di cuenta de que me estaba dando otras cosas. No es cantar mejor o peor. Es el conocer todo esto: mis lugares de resonancia. Que es lo que me comentan mis alumnos cuando llevan unos cinco meses o así trabajando la voz: “Yo vine para cantar mejor. Pero estoy encontrando cosas que no esperaba”. Y sé de lo que me hablan porque es lo que encuentro yo, que me sigo currando la voz, cada día. Primero encuentras una conexión con tu verdadero ser. El dejar que tu voz resuene en tu cuerpo, no ponerle trabajas. Es como no esconderla.

L – Admitirte tal como eres. Primero conocerte, porque estamos enormemente llenos de veladuras, tics y escudos anti-exterior, y una vez que sabes dónde te pica, atacar el mal para corregirlo. Pero primero tienes que saber dónde te duele.

T – Exacto. Yo estoy buscando eso. Yo para nada puedo hablar de que me conozco a mí misma, sólo de que estoy en ese camino a través de la Música. De conocerme más, de liberarme más, de ser más yo. Y mi camino es la Música.

L – Porque podría ser otro.

T – Podría ser otro perfectamente. Y para cantidad de gente es otro. Al final, cualquier actividad en la que tú eres consciente, y sigues avanzando y avanzando es eso, es un camino de conocimiento de tí mismo, de los demás, de…

L – Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.

T – Se hace camino al andar. Exactamente.

L – Con mis problemas de voz, sé que afectan grandemente a mi personalidad. Los tengo desde niño y me he acostumbrado a ellos. A veces se me abre la voz, y me cambia y meto bocinazos tremendos, pero, normalmente, la voz me sale de la garganta a la nariz, y no pasa de ahí. A pesar de que tengo entrenados los abdominales porque todo instrumentos de viento. Pero, a mí, lo que me hubiera gustado, y lo he descubierto de muy mayor, ¡sería cantar! Cantar es un privilegio de los dioses. Si yo supiera usar la voz bien, igual me presentaba a la Operación Triunfo.

T – Y yo contigo.

L – Aunque no me cogerían por las barbas.

T – Eso no es difícil de arreglar, bastaría con que te ayudase un poquito alguien desde fuera, como me han ayudado a mí, como me siguen ayudando, o como yo ayudo a mis alumnos.

L – Así que quedamos en que tu cuerpo tiene una especie de afinación, de resonancia propia, que a lo mejor está simbolizada por los puntos de energía, los chakras. Tú haces música con tu cuerpo, con tu propia energía, dentro de ti. Se trata de llegar a dominar eso ¿no?

T – Es como canalizar tu energía en eso.

L – Pero eso, se puede utilizar para bien, pero también para mal.

T – Pues, supongo. ¡Hombre! Hay sonidos que yo noto que me tengo que ir de los bares porque no puedo con ellos. Llevas mucha razón.

L – Bares, discotecas, coches…

T – La tele continua no sé qué emite. Cuando estás en un sitio con una tele dada en la habitación, ¡Yo no puedo! Sí. Hay cantidad de sonidos que te están chupando energía, que te están poniendo nervioso, o que te están poniendo histérico. Bueno. La música que se hace ahora… Entras en algunos bares… Yo me tengo que ir. ¡No puedo!

L – Pero, ¿es por una cuestión de cantidad o también de calidad?

T – Yo supongo que por las dos cosas. Porque están en unas frecuencias… ¡que son machacantes para el cerebro! Y ¡el volumen!

L – ¿Y no crees tú que eso es una cosa que está…

T – ¿Utilizada? Sí, sí. Pues seguramente sí.

L – Como música y compositora sabes muy bien cómo se maneja el pulso en una canción, en una composición, para inducir un estado de ánimo.

T – Siempre pienso que no puede haber gente tan malvada.

L – Pero digamos que, incluso aunque fuera fortuito, parece que es absolutamente premeditado.

T – Le están sacando mucho partido algunos señores, aunque sea fortuito.

L – Yo no creo que sea fortuito, en absoluto. Yo sé que es premeditado.

T – ¡Ja, ja! ¡Para machacar así al personal!

L – Todo depende desde dónde los juzgues. Porque todos tendrán su justificación personal, claro. pero hay cosas que son objetivas, que se pueden medir, como es la dureza de un tímpano de un joven de catorce o quince años ahora. A resultas de un reciente muestreo entre jóvenes en edad discotequera, las autoridades sanitarias se mostraban sorprendidísimas de la cantidad y calidad de pérdida aural arrojadas. Eran cifras que decías: “¡Ahí va, la madre…!”

T – ¡Qué fuerte! Pero es que, incluso sin entrar en eso, hay cosas mucho más banales que ésas, que a mí me preocupan. Por ejemplo yo, escucho a la señora Mónica Naranjo, con todos mis respetos, y “Fffffff….” esta es mi sensación. ¡Me pone…! ¡Me irrita, me pone nerviosísima! ¡Me irrita sobremanera, no puedo! Es una señora que levanta pasiones. Entonces dices: “¿quién soy yo para meterme con una señora que levanta pasiones?” Pero es que… ¡Yo no puedo con esa señora! ¡Y hay tanta gente que levanta pasiones con la que yo no puedo…! Y puede decir la gente: “Es que esta chica tiene un problema”. Igual el problema es mío, no lo dudo. Yo cuento la historia como a mí me va. Como ella ¡tantos! De los que más estamos oyendo que “Ufffff…”, ¡Me ponen enferma! En concreto esta señora, pero como ella hay mil. ¡Pero si es un grito continuo y, además, sin acabar de salir, porque es histérico! ¿Sabes? Canta ahí, sobre la histeria. Y dices: “¡Si es que me está poniendo histérica!” ¿Cómo esta señora puede levantar pasiones y vender…? ¡La gente está comprando histeria! Ya no sé quién es el malévolo ahí, ni quién es le tonto, ni quién es… yo no sé. O yo soy la tonta, y estoy desfasada… Pero es como me llega a mí todo esto.

L – La gente, entre la que nos contamos, claro, siempre ha necesitado ídolos. Unas veces los adora porque están en el cielo, otras veces los tiran a la acequia cuando no llueve a conveniencia, pero hay mitologías que tienen miles de representaciones divinas. La gente necesita ídolos, y se los dan. Ídolos que, como antes tú decías, duran cuatro días, porque si durasen más, empezarían ya a exigir cosas y derechos y conviene bajarles de la peana y poner a otros antes de que la cosa vaya a mayores. En eso está basado el mercado discográfico. Mas luego, hay otras zonas donde están los grandes cantantes, que ya tienen poder. Pero, la zona de consumo apabullante para la gente joven está hecha de productos que, muchas veces, ni siquiera están hechas por músicos. Llega un momento en que me confundo, pues pienso: “¿Cómo ese bien tan preciado que me es la Música puede usarse para hacer tanto daño?” Porque es continuo y masivo. Yo le llamo daño, pero… ¡A lo mejor resulta que soy un ayatollah!

T – Es daño para ti, es daño para mí… y para otra gente es un orgasmo. Cada uno ve la vida y vive la película como puede, como quiere, o como le han dejado. Y nadie puede definir lo que es buena música, sino lo que le gusta a él.

L – No, si yo lo respeto, no lo combato. Pero me resulta aterrador, por una cuestión: Hay una cuestión del medio y del poder del medio, que hace que eso crezca, cosa que no me trastorna, sino el que sea a costa de otro tipo de actividades. Si alguien va en serio y se mete de profundis en una cosa, y necesita un montón de trabajo durante años de preparación, de investigación, etc, etc y luego sale a ese mercado, resulta que el más preparado, con muchísima diferencia, tiene una desventaja que no va a poder salvar, de entrada, porque va a pretender entrar en un mundo en el que, simplemente, no cabe. ¡Eso es lo que a mí me preocupa! Y veo que los síntomas son cada vez más alarmantes. Y tú, que te dedicas a dar clases de voz, ¿Has tenido alguna vez la satisfacción de encontrarte a un ex-alumno que te diga: “Te estoy agradecido por tus clases de voz”.

T – ¡Ay, sí, cada día! Bueno, no todos los días. Pero además lo veo, porque tengo alumnos cantando en musicales, tengo actores que están haciendo cine con Medem, con Almodóvar, con.. Y los veo, cómo hablaron cuando llegaron, cómo hablan ahora. Y… bueno, es que lo veo, veo.

L – Y yo, hablo y hablo, tan a gusto contigo, y seguiría hablando mucho rato, muchos días, porque hablar contigo es un encanto. Hasta siempre, Tata.

 

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