Por Manel Trías
Drowning News
Octubre 1995

 

La primera vez que escuché cantar a Tata Quintana fue en uno de esos clubs de jazz de Madrid de segunda categoría en donde desgraciadamente no es habitual que salte la sorpresa. Sin embargo aquel jueves por la noche se hizo el milagro. Al frente de un cuarteto de músicos nacionales, Tata Quintana fue desgranando, tema a tema, un repertorio tan inusual como valiente: jazz, bolero, samba, sones, distintos argumentos musicales que en la cálida voz de Tata se unificaban para dar paso a un único concepto: esencialidad.

Esta es la palabra con la que definí yo a Tata Quintana en aquella lejana noche del 89. Esencialidad a la hora de afrontar todos y cada uno de sus temas, esencialidad en el momento de interpretarlos y, sobre todo, (y lo que es más importante) esencialidad al sentirlos y al entenderlos.

Desde entonces, he tenido la suerte de poder seguir más o menos de cerca la particular e intensa andadura musical de esta cantante.

Liderando tríos, cuartetos y quintetos de músicos nacionales e internacionales, en clubs de jazz, en teatros, en salas de fiesta, en bares, interpretando en inglés, castellano y brasileño, improvisando y sin improvisar, uno no deja de asombrarse de la facilidad con que Tata Quintana se adapta a las distintas formaciones, sacando lo mejor de ellas e imprimiendo a sus temas ese sello tan personal que le hace poseedora de un estilo propio.

Son muchos los escenarios europeos en donde Tata ha conseguido ya el milagro, porque es sobre los escenarios donde ella convive más a gusto con la música, allí donde deja la piel, en cualquier club de jazz de cualquier ciudad del mundo, allí donde cabe la posibilidad de encontrarse cantando a una española llamada Tata Quintana, cualquier jueves.

 

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